En la región de acá, mi rostro es lo de afuera: unos ojos cansados, una piel con verano, una mujer- muchacha.
En la región de acá, de este lado del espejo, mi rostro dice si, sonríe, saluda, tiene una manera civilizada de ser cortes, de disimular, hasta de... gritar. Pero cuando me quedo sola, cuando me saco de encima las costumbres, cuando me desabrocho la manía de no alarmar a nadie, cuando me olvido de los titulares de los diarios, los ruidos de la calle, las culpas que asumo en mi nombre y en nombre de la humanidad; cuando me quedo sola, sin ropas y gestos aprendidos... rueda mi rostro detrás de los espejos, allá donde no existe mentira y hay un espacio abierto, inmenso, sin paredes, donde los gritos huyen verticalmente sin despertar a nadie.
Allí grito. Allí me duele la garganta de tanto repetirme que ya no tengo fuerzas para seguir luchando, que me mantiene en ristre tan solo el miedo a los precipicios que rodean cualquier soledad. De pie en mi metro cuadrado de vida, me obligo a la quietud porque cualquier paso hacia atrás o hacia adelante equivaldría a un suicidio.
Vos, que venís de un mundo abrigado y seguro, de almuerzos en familia los domingos y caricias, me usaste ese poquito de esperanza que me guardaba como antídoto para el momento de "no va mas".
Sin que me diera cuenta, cuando te abrí las puertas para dejarte entrar, cuando apoye mi cabeza en tu hombro y me quede dormida, pensando que me cuidabas, que espantarías los fantasmas que arrastraron sus cadenas en todas las noches de mi infancia... si, sin que te dieras cuenta, desovillaste el ultimo hilo de asombro.
Pero necesite tiempo para comprobarlo, y en ese tiempo sucedieron cosas, aprendí a caminar con el ritmo de tus pasos, a tocarte el brazo cuando sonaba el despertador, a acomodar mis preguntas a los monosílabos de tus respuestas, a tomar las formas de tus silencios como el agua toma la forma del recipiente que la contiene. Aprendí a llorar sin que lo advirtieras. Y algo mucho mas triste: aprendí que no te importaba que llorara. Habías reforzado tu rica armadura con los tres o cuatro gramos de fuerza que me sacaste.
¿Y de que te sirve?
Estas atrapado por esa dura defensa. Estas envuelto en ella, nada te llega, todo choca contra esa barrera inviolable: alegrías, emociones, tempestades y estrellas. No sufrís, es cierto, pero tampoco sos feliz.
Aunque a todos les muestres la bella cara que esta en la región exterior de los espejos, aunque quieras convencerte a vos mismo de que esa es tu verdadera cara y la mires complaciente... sabes que no es así, que tu verdad esta del otro lado de los espejos, allí donde mi dolor grita, donde mi soledad te acusa, donde los relojes aceleran su latido buscando un punto final irremediable, donde, a pesar de todo, te espero, dolorida, en sombras, sin campanas..., para que me salves, aunque sea devolviendome lo que me sacaste, solo eso, sin darme nada mas que ese menudo soplo de asombro y esperanza que me permita ocupar el metro cuadrado de vida en el que tengo que quedarme quieta hasta que alguien, vos, otro (pero por favor, vos, vos) me tienda su milagro.
(Poldy Bird)


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